La mente según Freud (o según una estudiante de Psicología)

Año 1997. Cuatro compañeras de la universidad, se unían para llevar a cabo un trabajo de la asignatura Historia de la Psicología. Lo que nos encomendaron consistía en escoger un autor y exponer delante de la clase sus bases teóricas.

Quizás era una manera del profesorado de ahorrarse la explicación de esos autores escogidos, pero nos enfrascamos con ilusión a este reto intelectual. Escogimos a Sigmund Freud, al que entonces venerábamos y al que todavía en la actualidad, dos de esas cuatro compañeras y yo, que seguimos siendo amigas, llamamos familiarmente como el “abuelo”.

Pretendíamos ser originales. Hablar ante tus compañeros, recitando las bases de las teorías del psicoanálisis, podía convertirse en un auténtico tostón. Así que maquinamos de qué manera podíamos defender nuestro trabajo. Fruto de esas horas en el bar de la universidad, de encuentros en casa de alguna con todo el despliegue de apuntes sobre mesa, sofá y suelo, se nos ocurrieron varias cosas, cada cual más ingeniosa.

Entre ellas, pensamos en explicar en forma de historieta el concepto de mente o psique de Freud. Y creamos un cómic. A pesar de que no era un cómic de gran talento ilustrativo, sí que contenía los conceptos básicos que debíamos explicar de Freud. Creo recordar que la profesora y la clase quedaron encantadas. Sobre todo, porque nadie esperaba el cómic y los otros elementos que utilizamos para explicar el entramado del mundo inconsciente.

Hace unos meses, recuperé los bocetos del cómic que expusimos en clase. Me hizo mucha ilusión reencontrarme con ellos. Y por este motivo, creo que puede ser gracioso o cuanto menos, entrañable, mostrar lo que entonces, con menos de 20 años y soñando con llegar a ser psicóloga, plasmaba en cuatro garabatos.

Aquí los comparto. Espero que les haga esbozar al menos una sonrisa.

“En el consciente las ideas fluyen sin cesar, mientras que el incosnciente permanece oculto, tranquilo. De repente hay un impulso que fuerza al inconsciente y hace que una determinada huella mnémica, junto con una pulsión, salga del inconsciente.

La huella ménima (gracias a la pulsión) debe superar la barrera de represión, si quiere llegar al consciente. Una idea sale del consciente y contacta con la huella mnémica (y la pulsión), ayudándola en su camino hacia la conciencia”

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“Pero la huella mnémica, ahora idea porque se haya en el consciente, no es beneficiosa para él. Así que la barrera de represión la recoge de la conciencia, separándola de la idea que le había ayudado a ser consciente. Y la devuelve al inconsciente, de donde provenía. Y permanece allí, hasta que un nuevo impulso (o instinto) haga al inconsciente mover una pulsiónque se conbierta en motor de la huella mnémica.”

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¿Hacia donde diriges tu energía prohibida? La sublimación

Siguiendo el hilo de las anteriores entradas del blog sobre los mecanismos de defensa, después de la negación, me he decidido continuar con la sublimación.

Esta palabra proviene del mundo de la química y en este campo científico se utiliza para denominar el proceso por el cuál un cuerpo sólido se convierte en gaseoso sin pasar por el estado líquido. Cuando hablamos de sublimar algo, también significa enlatecer, engrandecer, exaltar.

Freud tomó este concepto y lo trasladó al mundo del psicoanálisis. El funcionamiento psíquico se nutre de motores pulsionales de carácter inconsciente. Son impulsos, en ocasiones, de contenido poco aceptable por la sociedad y es por ello, que la persona debe protegerse de tales manifestaciones. ¡No podemos mostrar nuestra impulsividad en cualquier contexto!

Es decir, Freud llamaba sublimación al traslado de esa energía pulsional que provenía de un deseo inconsciente, en una actividad valorada y aceptada socialmente.

Aspectos como la sexualidad o la agresividad, a pesar de formar parte del ser humano, han sido censurados socialmente. Su expresión pública no siempre es aceptada. Algunas personas canalizan esos impulsos a través de actividades como las creaciones artísticas, el deporte o el desarrollo intelectual. Toda esa energía interna brolla de forma creativa y sin perjuicio de la persona que la posee.

La sublimación en sí, puede ser algo positivo, es una estrategia interesante que hace que aquello que, al mostrarse sería mal visto, se pueda canalizar hacia otro fin. Un ejemplo de sublimación bastante evidente sería Dalí. De sus cuadros emergen sexualidades imposibles o subversivas que se transforman en algo hermosos, inquietante o fascinante. A través del surrealismo se podía dar rienda suelta  y haciendo consciente toda aquella locura que invadía su mente.

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A pesar de ello, hay que vigilar con la sublimación. Cuando la manera en que se decide utilizar toda esa impulsividad reprimida se convierte en una obsesión, en algo tremendamente necesario, nos hace sentirnos encarcelados en esa actividad. Por ejemplo, un genio estudioso que se dedica con ahínco y solamente a investigar, a aprender o a descubrir puede estar descuidando otras necesidades vitales que nos ocasionan bienestar. Su focalización en esta actividad deviene una obsesión y un darle la espalda a otras esferas vitales que nos pueden proporcionar placer. Un placer permitido socialmente, un placer que no nos hemos de negar.

Así pues, de nuevo, observamos que los mecanismos de defensa cumplen una misión. Y al igual que la negación, la sublimación nos puede ser útil, ¿por qué no? Pero observamos que tarde o temprano, nos es insuficiente para encontrar un equilibrio que nos asegure un cierto bienestar emocional.