Patología dual invisible

Hace un tiempo, trabajaba en un servicio tutelar, donde la entidad asumía la tutela de personas adultas las cuales, según un criterio judicial, necesitaban de una persona (física o jurídica) para ser acompañado en su vida. Esta etapa laboral finalizó hace un año y puedo decir que me dotó de recursos personales y profesionales inmensos, a la par que me interpelaba éticamente en múltiples ocasiones.

Por aquella época, el equipo del que formaba parte pudo compartir diversas reflexiones a raíz de una carta al director en un periódico de una madre que relataba una verdad esferidora pero muy presente en nuestro quehacer diario. Es por ello, que se me invitó a escribir sobre estas cartas y nuestras reflexiones. Lamentablemente, ese escrito no vio la luz, a pesar que su objetivo era publicarlo en el boletín de la entidad.

Ayer, participé de una Jornada sobre Salud Mental, autonomía y libertad. Entre el público, a parte de profesionales y personas con un diagnóstico de salud mental, había varias madres que relataban situaciones similares a las descritas en aquella carta. Por un momento pensé que quizás una de ellas se trataba de la autora de las palabras que nos impactaron. Me hizo recordar el escrito que os comparto a continuación. Os invito a que, aunque sea por unos minutos, penséis sobre las personas con patología dual y sus familiares. Y el desamparo o el estigma que sufren impotentes ante una sociedad expulsadora o indiferente a esta realidad.

Este último mes hemos podido leer un par de cartas remitidas en diferentes periódicos de unas madres donde explicaban su testimonio. Si el tirar adelante un hijo es una aventura, ésta se convierte en un camino excesivamente duro y desesperanzador cuando tu hijo manifiesta una serie de dificultades y genera problemas.

Una de ellas nos comparte que tiene un hijo de 27 años con un diagnóstico de salud mental y que además consume alcohol y tóxicos. Ha estado muchas veces ingresado en hospitales. En ocasiones se vuelve agresivo, hecho que le ha ocasionado problemas con la justicia. La madre comenta que su paso por un centro penitenciario fue el único momento en el que estuvo contenido y bien cuidado en diferentes aspectos de su vida. Los padres decidieron modificar legalmente la capacidad de obrar de su hijo (lo que anteriormente se llamaba una incapacitación legal). Y debido a sus dificultades y con la esperanza de encontrar alguna solución para su hijo, decidieron que la tutela la ejerciera una entidad tutelar.

El Servei Tutelar Amb Tu, de la Fundación Salud y Comunidad,  acompaña a este tipo de personas que requieren de una supervisión e interviene para que puedan acceder a los recursos de la sociedad. Pero lamentablemente, no se contemplan las pluridificultades que se pueden reunir en algunas personas. Cuando convergen en el mismo sujeto diferentes situaciones que le llevan a una mayor fragilidad y un riesgo para los demás y para ella misma, requiere un mayor sistema de apoyo y un espacio para poder sentirse ciudadano de pleno derecho. Existe un vacío asistencial en cuanto a recursos y apoyos necesarios.

Los recursos están sectorizados. Por ejemplo, si una persona tiene un diagnóstico de salud mental y un problema  con el consumo de tóxicos, queda excluido de ambos recursos. Y puede llegar a situaciones reales de desamparo. Los recursos de personas con problemas de drogodependencias son de carácter voluntario y a menudo, las personas con patología dual no reconocen sus dificultades con el consumo o bien, no tienen la constancia, fortaleza o capacidad de afrontar este problema. Además, en ocasiones, la relación que establecen con la sustancia tiene una función de automedicación, de buscar un estado que les haga sentir mejor consigo mismos (al menos en un primer momento).

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foto patologia-dual.org

Es triste, pero real, el planteamiento de esa madre que afirma con seguridad que la cárcel ha sido el único sitio donde ha estado atendido y cuidado. La exclusión social puede llevar a la comisión de delitos y el consecuente cumplimiento de penas. Y en otros casos, las personas con diagnóstico de patología dual pueden tener conductas autodestructivas e impulsivas, que escapan del propio control y que abocan a la pérdida de lo que consideramos una oportunidad de mejora. Esto sería cuando después de luchar por la admisión en un recurso residencial, son expulsados por algún conflicto, por el consumo de tóxicos o por no cubrir con las expectativas de autonomía requeridas.

La otra carta, en respuesta a la primera que he mencionado anteriormente, explicaba la carrera de obstáculos y de fondo de una familia con un hijo con Síndrome de Asperger. Afirma que tardaron cuarenta años en diagnosticarlo adecuadamente. Cuarenta años intentando saber qué le pasa a su hijo y como pueden ayudarlo. Y no todo pasa por el establecer un adecuado diagnóstico, sino en generar recursos que atiendan a estas personas, que entiendan sus dificultades y que escuchen sus deseos y sus motivaciones.

Ambas madres plantean realidades que deben ser visibilizadas. Los profesionales del Servei Tutelar Amb Tu, pretendemos dar voz a través de su representación legal de las necesidades de estas personas y de lo costoso que les puede resultar adaptarse a las exigencias de un mundo en el que se les cierran puertas. ¿Para qué esforzarse por formar parte de una sociedad, si no se contempla su singularidad? No han escogido estar enfermos. Quizás si escogen en ocasiones tener determinados comportamientos. Pero si queremos ayudarlos a regular aquellas conductas que pueden ser perjudiciales, deberíamos empezar a hablar de ellos sin miedo, a incluirlos en su proceso de integración social y a generar aquellos lugares donde puedan sentirse cuidados y aceptados.

En la búsqueda de recursos para algunos de nuestros tutelados, observamos como las redes profesionales en ocasiones pretenden que realicemos acciones para “sacarlos del mapa”  puesto que generan incomodidad, malestar e incluso miedo. Se nos requieren soluciones, cuando ahora mismo no existen. Es positivo contar con la ayuda de la familia, pero ésta no siempre está dispuesta o tiene fuerzas y recursos personales para poder colaborar. Hay dolor y desgaste. Hay veces que aparece el rencor y unos límites marcados bajo el criterio confuso que surge de la explosión de sentimientos de amor, miedo o angustia.

En general se desconoce la realidad de aquellas personas y sus familiares que le han diagnosticado un problema de salud mental y converge el consumo de alcohol y drogas. Muchas voces dirán que estas personas deben estar encerradas, se les debe obligar a tomar un tratamiento y a desintoxicarse. ¿En serio pensamos que así  podemos solucionar sus problemas? Los ingresos hospitalarios deberían tener un sentido médico pero posteriormente se les debería poder ofrecer recursos adaptados a sus intereses y necesidades, donde poder desarrollar esas capacidades que han perdido por el deterioro de la enfermedad.

Y nos surgen muchas preguntas ¿estamos preparados para aceptar la existencia de esta realidad sin juzgar a la personas y sus familiares? ¿Estamos dispuestos a ofrecer un espacio en la sociedad para su complejidad y particularidad? ¿Por qué no somos capaces de denunciar este vacío asistencial y el rechazo que sufren de la red de servicios sociales y de salud por no cumplir los requisitos y por tener  una conducta desviada?

Estas madres, con las confesiones en sus cartas, han hecho un primer paso para dar a conocer esta realidad a día de hoy invisible. Esta invisibilidad puede surgir de la capacidad de la Administración de mirar hacia otro lado abocando a la marginalidad a personas que no poseen los recursos suficientes para poder salir de ella.

Y desde el Servei Tutelar nos encontramos cara a cara con esas madres. Y les tenemos que decir que su hijo sale de alta porque el médico determina que ya está compensado. Y que desde la Generalitat nos comentan que no hay recursos de vivienda en la cartera de servicios para su hijo. Y que como no puede volver a casa, como apenas cobra una prestación para pagar una pensión y alimentarse y como que no reúne la autonomía suficiente para compartir una vivienda, pues la única alternativa es acudir a la red de personas sin hogar, y eso si hay la suerte que en su municipio existan recursos de este tipo.

Así está el panorama. Podemos afirmar que en el Servei Tutelar, especializado en patología dual, los profesionales nos encontramos con la necesidad de dar a conocer, explicar y en ocasiones denunciar esta realidad que por ahora es invisible, pero que más pronto que tarde, llegará el momento de mirarla de frente y ponerse manos a la obra para poder conseguir una atención y un lugar para las personas con diagnóstico de patología dual.

Barcelona, junio del 2016

 

 

 

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¿DE QUÉ VA LA SALUD MENTAL?

Gran pregunta… Hoy, 10 de octubre es el Día Mundial de la Salud Mental.

Los que me conocéis sabéis que, sin ser activista, defiendo una visibilidad más justa de las personas que han sufrido o sufren un problema de salud mental. Y básicamente porque todavía hay mucho por hacer y parece que en los últimos tiempos “nos crecen los enanos” y no damos a basto para dar cabida a tanta variabilidad.

Y ahora intentaré responder a esta pregunta. La salud mental hace años que dejó de ser solamente algo relacionado con la esquizofrenia, el trastorno bipolar y otras etiquetas que al ciudadano de a pie asustan y que al entorno cercano pesan como una losa. No, no va de creerse Napoleón ni de oír voces. No, no es sólo eso.

El otro día asistí a una jornada donde se hablaba que el futuro era la “Recuperación”. Buen planteamiento, ambicioso y de largo recorrido. Me gustó porque creo que positiviza el enfoque. De enfermedad a salud, a bienestar, calidad de vida y inserción social.

Y cojo un desvío en mi publicación para llegar donde quiero llegar: ¿De qué va eso de la salud mental? Sería más fácil hablar de salud física donde los dolores y los males están más localizados. Pero hoy toca hablar de salud mental.

Y salud no es solo ausencia de enfermedad. Creo que la OMS (Organización Mundial de la Salud) ya lo tenía en cuenta. Tener salud es preocuparse por estar bien con uno mismo y los demás. Es el equilibrio entre cuidarse y respetar a los demás. Es defenderse de las amenazas y aceptar errores, defectos y miedos. Es comprender que hay situaciones que nos entristecen, nos enfadan y nos sorprenden. Y que todo forma parte de lo que llamamos mundo.

Entra en juego aquí la relación con el mundo y la necesidad de ser reconocidos. La relación que establezcamos con nosotros mismos y con el entorno es determinante para nuestra salud mental. Nos influye más de lo que nos gustaría. Por eso, a veces buscamos la aprobación como salvavidas, no teniendo en cuenta que es un arma de doble filo. Gusta, sí. Pero necesitarla hace poner nuestro bienestar en el otro y estar vendidos a la suerte. O hacer algo que no deseamos por el mero premio de la aprobación.

Por eso, la salud mental habla de cuidarse, de una mirada egocéntrica que nos nutre, para luego relacionarnos con el mundo de manera más amable, aceptando que aunque pidamos nos pueden decir que no y que que no seamos reconocidos no significa ausencia de valor como ser humano.

Así que, la salud mental es algo íntimo y personal pero que aumenta con la relación serena con los demás.

Feliz Día Mundial de la Salud Mental. Y a cuidarse, mimarse y sentirse.

TRAS LA ETIQUETA

Hace unos meses que he iniciado una nueva etapa profesional. Trabajo con personas que tienen diagnosticado un trastorno mental severo. La mayoría siguen tratamiento por esquizofrenia, trastorno bipolar  y otras etiquetas que, en ocasiones, ayudan, pero otras veces, limitan.

Y recuerdo aquella frase de que “la lágrimas no te dejarán ver las estrellas” y la adapto a “la etiqueta no te dejará ver la persona”.

Muchas veces me encuentro atrapada en la incertidumbre en cuanto a mi intervención. Y quiero hablar en primera persona porque irremediablemente caería en el juicio demagógico y no lo pretendo. Simplemente, me limito a compartir mi sentir.

Los profesionales en la salud mental caemos en la rutina de diferenciar el “nosotros” de “ellos”. Nosotros, que sabemos de lo que hablamos por el contacto profesional (y a veces personal) que hemos tenido con personas diagnosticadas y por la formación recibida. Y “ellos”, que son pacientes, sufridores y que no saben lo que en realidad les pasa. Lamentablemente, caemos en esta diferenciación. Pero, si soy un poco crítica, a veces lucho por no caer en este discurso. No es un discurso manifiesto, a pesar que luego, me doy cuenta de que mi intervención es demasiado directiva, demasiado desequilibrada y rozando, en alguna ocasión, la falta de empatía y respeto. Me he podido llegar a sentir poseedora de la verdad absoluta, sin dar siquiera la oportunidad de escuchar de manera activa y empática a la persona que tengo delante. 

Por este motivo, me intento recordar a menudo que la paciencia es un don, que las prisas no son buenas y que si me olvidó de obtener el resultado que yo considero que a la persona le va a beneficiar, ya me coloco en otra posición. Esta posición es más abierta. Me obliga a despojarme de las creencias sobre las etiquetas. Y si bien es cierto que me han ayudado a entender algunas cosas, a veces, me han encorsetado.

Y no sólo a mí. Me resulta gracioso o curioso (no sabría definir), como la etiqueta puede ser utilizada para exculparse, justificarse y evitar así la responsabilidad. Pero, estoy casi segura, que si entre todos, empezamos a ver a la persona más allá del diagnóstico, nos estaremos haciendo un gran favor para entender que la salud mental es un asunto que nos atañe a todos y así minimizaremos el impacto del estigma y del tabú.

Nuestros monstruos

Ayer fui a ver Un monstruo viene a verme y me gustó. (Nota: está entrada puede contener spoilers).

Me gustó porque es una bonita historia que habla de la pérdida, la culpabilidad y el miedo, entre otras cosas. Encontré paralelismos a mi labor como psicóloga, ya que en todo proceso terapéutico existen los monstruos, nuestros monstruos.

Queremos huir de ellos por miedo. O fingir que no existen. O nos peleamos con ellos sin darnos cuenta que somos nosotros mismos. A veces, decimos que hemos de vencer a nuestros monstruos. Yo creo que no se trata de una batalla, sino de un conflicto que se puede resolver escuchándolos y pensando qué nos quieren decir. Y nuestros monstruos pueden ser feos, pero forman parte de nosotros. Y también pueden hablar con rodeos, pero lo cierto es que no siempre estamos preparados para escucharnos la verdad sin tapujos. Hay sentimientos que no tienen buena prensa, que pensamos que nos hacen personas de una categoría más baja.

El personaje de la película decide mirar a la cara a ese monstruo. Al principio con reticencia, pero finalmente decide escucharlo sin acabar de entender del todo el significado de sus historias. Siente desconcierto, rabia y actúa con impulsividad. Conor, que así se llama el chico, está viviendo un momento muy muy duro de su vida. Se enfrenta a la enfermedad terminal de su madre. Y cada noche le viene su monstruo a visitar. No entiende muy bien el porqué, pero cede ante su presencia. Al final, todo cobra sentido. El monstruo le ayuda a descubrir el miedo a la desaparición de su madre y la culpa por sentir que desea que se acabe ese sufrimiento, que ya no puede sostener más el vivir con una madre que se está muriendo.
Los monstruos son aquellos sentimientos oscuros que nos persiguen. Aquello que sentimos y nos incómoda o nos tortura. El tabú de la sociedad y el temor a no ser aceptados, hace que no podamos sacar a la luz a nuestros monstruos. Y los relegamos a la oscuridad.

El monstruo de Conor aparece para ayudarlo. Conor se siente culpable porque desea que su madre muera, ya que su enfermedad no acaba de curar y no puede disfrutar de su madre. Se pelea toda la película con ese sentimiento, se comporta de manera impulsiva porque no puede sostener la rabia de toda esa situación. Finalmente, el monstruo le ayuda a entender que tener algunos sentimientos, que realizar algunas acciones consideradas malas, no siempre.son castigadas, no siempre te convierten en una mala persona. Al fin y al cabo, todos tenemos ángeles y demonios. 

Si tu monstruo te tortura, párate, míralo a la cara y escúchale. Puede que, al principio, no tenga sentido lo que dice, pero luego, cobrará sentido, nos dará luz y quizás podamos estar en calma. 


Mírame, soy como tú

Éste fue el lema el pasado 10 de Octubre, Día Mundial de la Salud Mental. Con la tendencia actual de celebrar el “día de” casi todo, al final todo queda desdibujado. No es mi pretensión debatir sobre la utilidad de señalar días para todo, pero también diré que es la excusa perfecta para hablar de algo que a menudo está en la sombra.

Y es que la salud mental siempre ha quedado a la sombra. Ha sido un tema tabú y a menudo con mala prensa. No es justo. Y ya va siendo hora que desde la sociedad hagamos visible una realidad que por desconocimiento asusta, pero que puede ser fascinante, ¿por qué acaso no es fascinante el ser humano?

Esquizofrenia, Depresión, Trastorno Bipolar, Trastorno límite de la personalidad… ¿Os suena? ¿Qué sensación os generan estás palabras? Posiblemente, si no habéis vivido de cerca el tema, sintáis miedo, rechazo, dudas o pena.

Para evitar que la palabra o el diagnóstico genere estas sensaciones, lo primero es conocer e informarse. También diría que nos hemos de acercar a una información fiable, porque a veces, una se cansa de escuchar la vinculación entre Trastorno mental y violencia que suele difundirse a través de los medios de comunicación. NO todas las personas con un problema de salud mental son violentas. Al igual modo que no todas las personas sin diagnóstico lo son.

Cuando hablamos de salud, normalmente pensamos en la salud física. La salud mental y emocional queda en un segundo plano. Para la salud mental, no hay vacunas, como en otras muchas enfermedades. Pero con la salud física, nos cuidamos para tener la defensas altas. Sabemos que invertir en prevención siempre se ha dicho que favorece por diversos motivos: abarata costes y evita sufrimiento posterior del paciente.

En salud mental, ¿qué prevención estamos haciendo? ¿Educamos para tener habilidades sociales? ¿Nos relacionamos adecuadamente? ¿Buscamos o generamos recursos para autogestionarnos la tristeza, el estrés o los reveses de la vida?

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Si no es así, lamentablemente, estamos comprando boletos para desarrollar un problema relacionado con nuestra salud mental. Y aunque vigilemos y nos cuidemos mental y emocionalmente, también nos puede ocurrir, pero al menos, tendremos recursos personales para ir tirando. 

Propongo, por tanto, no tener miedo, pudor o vergüenza de hablar de salud mental, de nuestra salud mental. Desde la información, desde el respeto que merecemos todos. Así se puede ayudar a las personas a sentirse de igual a igual y así poder caminar hacia su recuperación y su inclusión social. Y es que, somos como nosotros.

Sobre los TCA, la comida y la imagen

El otro día me preguntaron el por qué no me había especializado en trastornos de la conducta alimentaria (TCA). Me sorprendió la pregunta pero más me sorprendió el no saber dar respuesta. Después de esta anécdota y de que en diversas sesiones con la mayoría de mis pacientes apareciese el tema de “la comida”, he decidido compartir mi reflexión sobre este tema.

En los TCA, según mi parecer, existen dos factores sociales importantes. Uno es el significado de la comida más allá del de alimento y el otro es la importancia de la imagen corporal como un valor más respetado y respetable que el intelecto.

Hablo de factores sociales porque considero que están presentes en todos los individuos de la sociedad (en concreto la occidental, que es la que conozco en mayor profundidad). Casi siempre he entendido el ser humano como fruto de la relación: relación consigo mismo, con su familia, con su entorno, con sus aficiones, con la comida, el deporte, y ¡qué se yo!. Debido a que establecemos una relación con la comida, esta pasa a una casilla superior a la de alimento o necesidad vital.

La comida deja de ser un mero alimento cuando es el vehículo de múltiples celebraciones y eventos sociales. barbacoas, calçotadas, meriendas, cenas… ¿Os suena? Todo evento social viene acompañado de bebida y comida. El comer se puede convertir en una acción placentera para todos los sentidos. E incluso sirve para “posturear”. Quiero decir ¿quién no ha hecho una foto al chuletón que degustó en su viaje a Ávila y la ha subido a una red social?

Otro tipo de relación bastante común es como nos afecta al apetito los vaivenes emocionales. Si tengo ansiedad, necesito por ejemplo dulce, devoro hasta una vaca si me la ponen delante. Si me siento triste, estoy desganada en todos los sentidos y pierdo el apetito. Entonces, estado emocional y comida están altamente relacionados.

En relación al otro factor social, la importancia de la imagen física, qué decir de nuevo. Me sorprendí el otro día leyendo sobre una, por llamarlo de alguna manera, “moda” llamada Ab crack Me entristece y me resulta un tanto lamentable. La importancia que se le da a la imagen en este escaparate llamado mundo virtual puede generar una fuerte inseguridad en todo el mundo y una insatisfacción por acceptar su naturaleza.

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Pocos están exentos de su influencia. Se decía que afectaba más a las mujeres jóvenes, pero cada vez más los varones jóvenes sienten la presión social de estar impecables si quieren tener algo de valor o triunfar. ¡Ay, cuánto deberíamos aprender sobre el concepto “triunfo”! (pero esto ya sería contenido de otra entrada del blog).

Así pues, todavía no puedo dar respuesta al por qué no he estudiado más en profundidad los Trastornos de Conducta Alimentaria pero si puedo dejar mis conclusiones:

  • Los trastornos de conducta alimentaria son producto de una relación con la comida y el entorno desde una autoestima necesitada de fortaleza y un impulso imperioso de sentir el control sobre algo.
  • Muchos pacientes que me he encontrado tienen una relación “peculiar” o no muy sana con la comida. Intento guiarlos para descubrir que motivación, deseo, significado ponen en la comida para poder ver como se puede reformular esta relación y acabar tratando otros problemas de fondo (baja autoestima, necesidad de agradar a los demás, ansiedad, sentimientos autodestrutivos, dificultades en las relaciones sociales, etc.)

Me gustaría finalizar con el enlace de una noticia un tanto esperanzadora. Es muy positivo que personas famosas emprendan campañas a favor de la naturalidad como Alicia Keys en las redes sociales con el hastag:  #nomakeup

 

REPENSANDO SOCIALMENTE LA ADOLESCENCIA

Últimamente me llegan muchos inputs que me conducen a interesarme en la intervención con jóvenes y adolescentes.

De todos es sabido que en la sociedad actual está teniendo lugar un incremento de los problemas de salud mental. Es un hecho preocupante. Desde mi punto de vista, pienso que esto se da por diferentes motivos. Uno de ellos muy palpable es la crisis económica y social, que quizás ha conducido a una crisis de valores.

Por otro lado, considero que a pesar que tenemos a nuestro alcance numerosas herramientas que nos pueden ayudar a mejorar nuestra autoestima, ser feliz, lograr nuestros objetivos, etc. parte del reflejo de la sociedad es otro. Estos mensajes de positivismo “extremo” nos pueden llevar a la exigencia de tener que ser feliz, de amar lo que hacemos (aunque no sea verdad) y a evitar emociones con mala prensa como la ira o la tristeza.

Sentimos un miedo social a que nuestros niños y adolescentes sufran. Nos creemos con la obligación de “sobre”-protegerlos. Con estas actitudes les hemos conducido a una intolerancia a la frustración que nos viene de vuelta en forma de agresividad desmesurada. Y por otro lado, aparece la creencia de que todo les ha de ser dado por el hecho de ser menor.

Me hace pensar la necesidad de acompañar la adolescencia desde algo más puro, intentando no patologizarla y ayudándoles a filtrar la información que poseen. De tanta información que tienen a mano, acaban estando desinformados, con el riesgo que puede suponer.

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Se habla de bullying, ciberacoso, consumo temprano de tóxicos, prácticas sexuales de riesgo, violencia del menor en el ámbito doméstico, pobreza, sobrediagnóstico (TDAH), etc. Este es el escenario actual. Y en este escenario, es lógico que puedan aparecer problemas de salud mental en el adolescente y en su entorno.

Por todo ello, sería interesante poder hacer un trabajo con los adolescentes. Les ha tocado vivir esta época y me surgen muchas cuestiones a debatir: ¿qué piensan ellos? ¿Qué hay detrás de todos estos conceptos? Ellos son los protagonistas ¿podrían ser también los protagonistas del cambio, de la mejora? ¿Les dejamos espacio para que lo sean? ¿Confiamos en ellos? ¿Podemos confiar en ellos? ¿Necesitan disciplina?…

Uno de los miedos inherentes al ser humano es el miedo a enloquecer, a perder la cabeza. En la adolescencia este miedo existe pero está más apagado porque la búsqueda de la identidad tiene algo de temerario y de loco. Pero a pesar de ello, en la adolescencia también se pueden sufrir verdaderos problemas de salud mental. Y si no se tienen en cuenta, estos problemas podrían cronificarse en la edad adulta.

Mi propuesta es ofrecer espacios de información y de comunicación con los adolescentes. Hemos de aprender a discernir qué es propio de la adolescencia y qué puede ser un añadido de dificultades del estado emocional tratándose de síntomas de un posible problema de salud mental, sin caer en el sobrediagnóstico.  En ocasiones, creemos que una persona con un trastorno mental está “desahuciada” pero si hablamos frontalmente del tema, si generamos estrategias sociales de apoyo para el paso a la vida adulta, a pesar de ser un reto en sí mismo, este paso podrá llegar a ser una aventura a superar con la mochila llena de recursos personales y sociales.

¿Quién me acompaña en esta aventura?