TRAS LA ETIQUETA

Hace unos meses que he iniciado una nueva etapa profesional. Trabajo con personas que tienen diagnosticado un trastorno mental severo. La mayoría siguen tratamiento por esquizofrenia, trastorno bipolar  y otras etiquetas que, en ocasiones, ayudan, pero otras veces, limitan.

Y recuerdo aquella frase de que “la lágrimas no te dejarán ver las estrellas” y la adapto a “la etiqueta no te dejará ver la persona”.

Muchas veces me encuentro atrapada en la incertidumbre en cuanto a mi intervención. Y quiero hablar en primera persona porque irremediablemente caería en el juicio demagógico y no lo pretendo. Simplemente, me limito a compartir mi sentir.

Los profesionales en la salud mental caemos en la rutina de diferenciar el “nosotros” de “ellos”. Nosotros, que sabemos de lo que hablamos por el contacto profesional (y a veces personal) que hemos tenido con personas diagnosticadas y por la formación recibida. Y “ellos”, que son pacientes, sufridores y que no saben lo que en realidad les pasa. Lamentablemente, caemos en esta diferenciación. Pero, si soy un poco crítica, a veces lucho por no caer en este discurso. No es un discurso manifiesto, a pesar que luego, me doy cuenta de que mi intervención es demasiado directiva, demasiado desequilibrada y rozando, en alguna ocasión, la falta de empatía y respeto. Me he podido llegar a sentir poseedora de la verdad absoluta, sin dar siquiera la oportunidad de escuchar de manera activa y empática a la persona que tengo delante. 

Por este motivo, me intento recordar a menudo que la paciencia es un don, que las prisas no son buenas y que si me olvidó de obtener el resultado que yo considero que a la persona le va a beneficiar, ya me coloco en otra posición. Esta posición es más abierta. Me obliga a despojarme de las creencias sobre las etiquetas. Y si bien es cierto que me han ayudado a entender algunas cosas, a veces, me han encorsetado.

Y no sólo a mí. Me resulta gracioso o curioso (no sabría definir), como la etiqueta puede ser utilizada para exculparse, justificarse y evitar así la responsabilidad. Pero, estoy casi segura, que si entre todos, empezamos a ver a la persona más allá del diagnóstico, nos estaremos haciendo un gran favor para entender que la salud mental es un asunto que nos atañe a todos y así minimizaremos el impacto del estigma y del tabú.

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Mírame, soy como tú

Éste fue el lema el pasado 10 de Octubre, Día Mundial de la Salud Mental. Con la tendencia actual de celebrar el “día de” casi todo, al final todo queda desdibujado. No es mi pretensión debatir sobre la utilidad de señalar días para todo, pero también diré que es la excusa perfecta para hablar de algo que a menudo está en la sombra.

Y es que la salud mental siempre ha quedado a la sombra. Ha sido un tema tabú y a menudo con mala prensa. No es justo. Y ya va siendo hora que desde la sociedad hagamos visible una realidad que por desconocimiento asusta, pero que puede ser fascinante, ¿por qué acaso no es fascinante el ser humano?

Esquizofrenia, Depresión, Trastorno Bipolar, Trastorno límite de la personalidad… ¿Os suena? ¿Qué sensación os generan estás palabras? Posiblemente, si no habéis vivido de cerca el tema, sintáis miedo, rechazo, dudas o pena.

Para evitar que la palabra o el diagnóstico genere estas sensaciones, lo primero es conocer e informarse. También diría que nos hemos de acercar a una información fiable, porque a veces, una se cansa de escuchar la vinculación entre Trastorno mental y violencia que suele difundirse a través de los medios de comunicación. NO todas las personas con un problema de salud mental son violentas. Al igual modo que no todas las personas sin diagnóstico lo son.

Cuando hablamos de salud, normalmente pensamos en la salud física. La salud mental y emocional queda en un segundo plano. Para la salud mental, no hay vacunas, como en otras muchas enfermedades. Pero con la salud física, nos cuidamos para tener la defensas altas. Sabemos que invertir en prevención siempre se ha dicho que favorece por diversos motivos: abarata costes y evita sufrimiento posterior del paciente.

En salud mental, ¿qué prevención estamos haciendo? ¿Educamos para tener habilidades sociales? ¿Nos relacionamos adecuadamente? ¿Buscamos o generamos recursos para autogestionarnos la tristeza, el estrés o los reveses de la vida?

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Si no es así, lamentablemente, estamos comprando boletos para desarrollar un problema relacionado con nuestra salud mental. Y aunque vigilemos y nos cuidemos mental y emocionalmente, también nos puede ocurrir, pero al menos, tendremos recursos personales para ir tirando. 

Propongo, por tanto, no tener miedo, pudor o vergüenza de hablar de salud mental, de nuestra salud mental. Desde la información, desde el respeto que merecemos todos. Así se puede ayudar a las personas a sentirse de igual a igual y así poder caminar hacia su recuperación y su inclusión social. Y es que, somos como nosotros.